El conflicto del Sahara Occidental

El conflicto saharaui es uno de los más largos y menos visibles de la política internacional.

Con más de 265.000 kilómetros cuadrados, este territorio situado en la costa atlántica del norte de África sigue siendo, para Naciones Unidas, el último territorio pendiente de descolonización en África, y su situación sigue marcada por la ocupación de Marruecos, el bloqueo diplomático y una guerra de baja intensidad reactivada en 2020. Medio siglo después de la retirada española, el conflicto permanece abierto y sin una solución política clara.

 En 1966 la ONU reconoció el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui y en 1975 la Corte Internacional de Justicia descartó que Marruecos o Mauritania tuvieran soberanía histórica sobre el territorio, reafirmando la necesidad de un referéndum.

En noviembre de 1975, en plena agonía del franquismo y bajo la presión de la Marcha Verde, España  cedió de facto la administración del territorio a Marruecos y Mauritania en un acuerdo que nunca fue reconocido por la ONU. La retirada de la que hasta entonces estaba considerada una provincia española más  dejó al Sáhara Occidental en un limbo político: sin referéndum, sin una potencia administradora efectiva y a merced de la ocupación militar marroquí.

Paralelamente a la guerra y al posterior alto el fuego, el pueblo saharaui desarrolló una experiencia política singular: la construcción de un Estado en el exilio: la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), proclamada en 1976, nació en condiciones extremas, sin control efectivo sobre la mayor parte del territorio y sin heredar ninguna estructura administrativa colonial.

Lejos de ser una simple declaración simbólica, el proyecto saharaui fue adquiriendo con el tiempo una dimensión institucional real. El núcleo de este Estado en el exilio se consolidó en los campamentos de refugiados de Tinduf, territorio cedido por Argelia, donde decenas de miles de saharauis se asentaron tras huir de la guerra y la ocupación. 

Allí, el Frente Polisario impulsó un proceso político y social inédito: la sustitución de la estructura tribal tradicional por una organización estatal, con divisiones administrativas, servicios básicos y organizaciones de masas que desempeñaron un papel central en la cohesión social. Este proceso fue clave para la construcción de una identidad nacional saharaui moderna, forjada en el exilio y en la resistencia.